La vieja Europa agoniza, y no lo sabe. La vieja Europa, la idealista, la que quiso alguna vez salvar al mundo evangelizándolo (España), civilizándolo (Inglaterra) o llevándole la libertad, igualdad y fraternidad (Francia) no pudo en la primera mitad del siglo XX ni siquiera mantenerse “civilizada” ella misma y perdió toda esperanza: “No hay más futuro, no se puede hacer nada, no podemos cambiar un milímetro este mundo, sólo nos queda vivir un poco más cómodamente en este lodazal y disfrutar follando.” Eso es lo más que piensan los personajes europeos de la novela 2666. “Y si no podemos follar – todavía alcanzan a decir en un intento de llegar un poco más allá – al menos comamos, bebamos y viajemos un poco, en Europa, porque si salimos de nuestro territorio nos perdemos.”
Eso es algo que nos pinta Roberto Bolaño en su gran libro. Europa es el “desierto de aburrimiento” al que alude el autor en el epígrafe de Charles Boudelaire que pone al iniciar la novela. Y nos describe ese desierto con una gran maestría, con técnicas poco convencionales pero muy efectivas.