Roberto Bolaño
Anagrama. Barcelona, 2004
Empiezo a escribir estas letras un poco menos de 24 horas después de terminar la lectura de 2666. Quiero (necesito) escribir sobre lo que acabo de leer, pero sé que esta vez no podrá ser sólo una reseña de lo leído. Al terminar libros leídos anteriormente, he escrito acaso reseñas; nunca he pretendido hacer crítica. Mis letras has expresado opiniones personales sin técnica alguna. Sólo han sido comentarios desordenados, más referidos a mis gustos y sin preocupaciones de una pretendida objetividad. Menos aún fueron intentos de juzgar de acuerdo a patrones definidos sabrá dios por quién y cuándo. Si así fue antes, ahora, con relación a 2666 estoy mucho más lejos de poder o querer hacer algo como eso. Creo que esta vez sólo dejaré constancia, en este y subsecuentes escritos, de las reflexiones que el libro ha logrado que se esbocen en las dunas de mi mente que los vientos del pensar y del veloz fluir del tiempo mueven con rapidez haciendo que cambien de forma y lugar. No creo que pueda asentar en este escrito ni siquiera una buena parte de esas reflexiones, pues algunas las formulo y a los pocos minutos los aires ya las movieron y pusieron de revés. Las pocas reflexiones que asiente por escrito espero que tengan al menos un poco de coherencia. Y como niño que no sabe nadar pero que desde chico es temerario, me lanzo al mar como Archimboldi cuando era pequeño, esperando ver cómo me tratan las olas y los arrecifes del mar, o del desierto, que son las páginas en blanco del cuaderno en el que escribo.
Pronto lanzaré al ciberespacio más letras sobre el tema.