Lunes, 02 de julio de 2007
- Ese es tu patrono - la voz era un susurro en la penumbra de la iglesia.
Cada vez que la madre, abandonada desde que su hijo ten?a dos meses, le dec?a eso al ni?o, el peque?o Sebasti?n sent?a un escalofr?o al ver la estatua, perforada como el coj?n de las agujas de su mam?, con flechas en vez de alfileres.
A?os despu?s, apenas cumplidos los ocho y estando en segundo de primaria, Sebas comenz? a ayudar en la misa de los domingos, y poco despu?s iba casi diario a la iglesia, no s?lo como monaguillo, sino como ayudante de sacrist?n.
El cura, venido de los desiertos del norte del pa?s, era un hombre pr?ctico; jam?s expres? frente a dos o m?s feligreses su repudio a la estatua de san Sebasti?n, pero al monaguillo y ayudante de sacrist?n le dec?a:
- No s? a qui?n se le ocurri? decir que ese m?rtir inventado fuera un santo. Sebasti?n, el que tu mam? dice que es tu patrono, no existi?, o si existi? no era como lo ponen en la estatua ?M?ralo!, parece maric?n. Si por m? fuera lo quitar?a, pero ?tambi?n es el patr?n del pueblo!
Un maestro egresado de una normal rural, un cura que m?s que salvar almas le interesaba llegar a la vejez con un m?nimo de seguridad y que pensaba que para ello profesionalmente ten?a que cumplir con su misi?n sin dejar huecos, aunque no creyera mucho en ella, y una infancia libre, correteando por barrancas y ca?adas que rodeaban su pueblo escondido entre dos cerros siempre verdes en alg?n punto de la vertiente del Golfo de M?xico, le quitaron al ni?o el miedo que de peque?o le causaba su patrono, pero no hicieron que se olvidara de la imagen.
Cuando cumpli? diez a?os lleg? su primo Justino del otro lado. A Sebasti?n le encantaba o?r a Justino contar su viaje a la frontera. Le impresionaba la descripci?n de las llanuras y desiertos que cruz? el primo para llegar a Piedras Negras y c?mo fue que atraves? el r?o. Muchas veces oy? en silencio la narraci?n de los sustos provocados por la "border patrol" y se indign? internamente por los malos tratos de los g?eros.
Decidi? que no se ir?a al otro lado, sin saber que su vida se la cambiar?a Rosalinda y sin imaginar siquiera lo que har?a antes de conocerla.
Al morir su madre ten?a quince a?os. Su t?o Ad?n le dijo:
- Prep?rese, m?hijo, para irse al norte. Aqu? no hay c?mo mantenerlo. Ahora que me vaya se va con nosotros.
"Con los gringos no voy" pens? Sebasti?n, pero dijo:
- D?jeme conseguir mi dinero pa?l que nos lleve. Me voy a trabajar a santa In?s. Ya me dijo Don Ciro que le puedo ayudar en su alambique.
- No, m?hijo. No ande ust? ayudando a hacer refino. Est? prohibido hacerlo. Si lo agarran los del gobierno no se la va a acabar. Ya me est?s ayudando a piscar mi maiz, con eso basta para que yo le ayude.
Esa noche Sebasti?n agarr? el camino de santa In?s. No se despidi? ni del cura. Tampoco fue a visitar la imagen de su patr?n.
***

- Ya llegu?, don Ciro. Pa?lo que mande.
El viejo ol?a a piloncillo fermentado y toda su ropa estaba manchada de las mieles de su alambique clandestino. Con aqu?l vozarr?n acostumbrado al mando y al rega?o dijo:
- Nadie se anima a?compa?ar al chofer a repartir la ca?ita ?T? te animar?as, aunque te est?s arriesgando?
- Si me da chance de ir en la camioneta, qu? bueno. Ansi ni me jallan. No m?s no vaya a decirles a mis parientes.
- ?No jodas ,chamaco! Ni tus parientes ni los del gobierno te van a jallar conmigo ?Nadien, cabr?n! - Parec?a enojado, pero le hab?a gustado la decisi?n del muchacho.
As? fue como Sebasti?n comenz? a conocer los caminos de la Sierra Madre. Siempre mojados, siempre resbalosos, siempre rebosando lodo. Muchas veces invisibles m?s all? de veinte metros, cuando hay neblina. Laberintos misteriosos entre cerros y ca?adas para quien viene de fuera. Refugio seguro para quien vive recorri?ndolos. Hermosas regiones donde puede crecer la mariguana y hasta pudiera esconderse bien la roja flor de amapola, pero que no se cultivan por acuerdo de los ind?genas que ya tuvieron retenes y no quieren otra vez al ej?rcito rondando por sus poblados, lo que no quita que sigan ocultando alambiques clandestinos.
Pero en la medida que Sebasti?n conoc?a a su M?xico, de ?l porque lo proteg?a y cobijaba, cada vez m?s gente conoc?a a Sebasti?n: todos los tenderos que compraban destilados clandestinos, muchos agentes municipales a los que don Ciro corromp?a a trav?s de su chofer, m?s de alg?n pariente de los polic?as de la cabecera municipal y mucha mujeres j?venes y no tanto que ve?an en aquel joven alto y fuerte de diez y ocho a?os al tipo desinhibido, con dinero en la bolsa, la sonrisa en los ojos y en la boca, una seguridad que nadie sab?a de d?nde la sacaba y un temblor incomprensible ante las im?genes de ciertos santos.
Para entonces su t?o Ad?n y dem?s parientes ya sab?an en qu? andaba, lo mismo que las autoridades del municipio y hasta los judiciales del distrito, con el agente del ministerio p?blico incluido.
Antes de cumplir diez y nueve don Ciro lo hizo su chofer de confianza, adem?s de distribuidor, cobrador y corruptor material. El contacto de Sebasti?n con las autoridades judiciales si hizo estrecho sin imaginar que pronto le cambiar?an la vida.
***

- Ya no me hable del tal Sebasti?n, chula - le dec?a Nemodio a Rosalinda ese d?a, como muchas otras veces.
- Se?or judicial, no me ponga esas manos tan grandes en el cuello. Yo que culpa tengo que las de Sebas me gusten m?s. Por eso dejo que lleguen a otros lados.
- Mire, chiquilla, mejor no le haga caso porque me voy a encabronar.
Despu?s de aquello Nemodio se prepar? a salir de la casa mitad tienda mitad cantina. Avanz? ocupando casi toda la puerta. La madre echaba tortillas y fing?a no haber escuchado la pl?tica de su hija. Sab?a por qu? ven?a Nemodio tan seguido a un caser?o tan alejado de los correderos de la judicial, pero entend?a muy bien que el mismo Juan, su esposo, tuviera miedo de reclamar algo.
La neblina era densa: no se ve?a m?s all? de treinta pasos. Nemodio resbal? en el lodo al mismo tiempo que escuch? el motor de una camioneta que se deten?a en el camino, cuarenta metros hacia abajo.
- Rosalinda, ?ya lleg? lo fino! Av?sele a su ap? - grit? Sebasti?n.
Al momento, sonriente, la interpelada asom? a la puerta. Nemodio la vio, afianz? los pies, toc? la pistola embutida en la parte trasera del pantal?n y baj? saltando por la estrecha vereda.
Con una garrafa de diez litros en la mano Sebasti?n apenas pudo conservar el equilibro tras el empell?n de Nemodio, que furioso le reclam? haberse atravesado. La neblina que ascend?a del valle se hizo m?s densa. Por su efecto quedaron solos en un c?rculo de escasos diez metros los dos hombres. Acostumbrado a espantar a todos Nemodio llev? la mano a la espalda. Sebasti?n no esper? a ver qu? pasaba; levant? el refino y estrell? la garrafa en la cara del judicial
- Ya te moriste, cabr?n - grit? el polic?a desde el suelo mientras buscaba su pistola entre el lodo y los pe?ascos, a la orilla de la vereda que descend?a abruptamente.
Cuando se levant? con la pistola amartillada no vio a nadie a su alrededor, s?lo estaba la garrafa, de lado y goteando por una hendidura. Baj? al camino, la camioneta estaba orillada y con el motor apagado. De pronto, no muy lejos, se oy? el suave mugido de una vaca oculta entre la nube que todo lo borraba. Con la boca hinchada y el puente de la nariz roto, Nemodio se fue a pie, planeando su desquite.
Nuevamente Sebastian no se despidi? de nadie, ni de don Ciro. Si el judicial no lo iba a encontrar no importaba que su patr?n lo buscara para pedirle lo de los cobros de ese d?a.
Antes de tomar el camino rumbo a Chiapas o a Oaxaca - al otro lado estaba seguro que jam?s ir?a - tuvo humor para su ?ltima broma. Record? al cura y la estatua de su patr?n; vio a san Sebasti?n casi desnudo, retorciendo las piernas, con cara de infinita angustia y sangrando por todas las heridas, tanto de entrada como de salida de cada una de las flechas que lo atormentaban. Afuera empez? a lloviznar. Sebasti?n supo que le quedaba poco tiempo: la niebla podr?a levantarse y pronto lo vend?an a buscar a la casa en que habitaba solo desde hac?a seis meses. Una gallina asom? a la puerta buscando su raci?n de ma?z quebrado. Entonces complet? la idea: meti? a la gallina bajo una reja de madera, tom? los pantalones cortos y los tenis que le hab?a comprado a un amigo que regres? al otro lado, se le ocurri? que sus ?nicos calcetines blancos no se ver?an mal y prepar? su muerte, sabiendo que nadie la tomar?a en serio, pero avisando que no lo encontrar?an jam?s. Acomod? la ropa como si hubiera ca?do al suelo atravesado por las balas de Nemodio al modo que las flechas perforaban a su santo patr?n, sali? al patio, degoll? la gallina, regreso cuidando que la sangre no cayera donde no quer?a y con ella deline? las partes de su cuerpo que quedar?an fuera de la ropa, indicando que desaparecer?a por siempre de esos rumbos.
Nemodio solo pudo tomar una fotograf?a del supuesto muerto, como d?bil venganza de la humillaci?n recibida.
El documento gr?fico se puede encontrar en el blog que doce aventureros han estado usando, convocados por una universidad p?blica que enfrenta amenazas parecidas a las que Nemodio pens? contra Sebasti?n.

Publicado por mujermentirayel @ 5:38  | Ejercicios de ?l
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