- Ese es tu patrono - la voz era un susurro en la penumbra de la iglesia.
Cada vez que la madre, abandonada desde que su hijo tenía dos meses, le decía eso al niño, el pequeño Sebastián sentía un escalofrío al ver la estatua, perforada como el cojín de las agujas de su mamá, con flechas en vez de alfileres.
Años después, apenas cumplidos los ocho y estando en segundo de primaria, Sebas comenzó a ayudar en la misa de los domingos, y poco después iba casi diario a la iglesia, no sólo como monaguillo, sino como ayudante de sacristán.
El cura, venido de los desiertos del norte del país, era un hombre práctico; jamás expresó frente a dos o más feligreses su repudio a la estatua de san Sebastián, pero al monaguillo y ayudante de sacristán le decía:
- No sé a quién se le ocurrió decir que ese mártir inventado fuera un santo. Sebastián, el que tu mamá dice que es tu patrono, no existió, o si existió no era como lo ponen en la estatua ¡Míralo!, parece maricón. Si por mí fuera lo quitaría, pero ¡también es el patrón del pueblo!
Un maestro egresado de una normal rural, un cura que más que salvar almas le interesaba llegar a la vejez con un mínimo de seguridad y que pensaba que para ello profesionalmente tenía que cumplir con su misión sin dejar huecos, aunque no creyera mucho en ella, y una infancia libre, correteando por barrancas y cañadas que rodeaban su pueblo escondido entre dos cerros siempre verdes en algún punto de la vertiente del Golfo de México, le quitaron al niño el miedo que de pequeño le causaba su patrono, pero no hicieron que se olvidara de la imagen.
Cuando cumplió diez años llegó su primo Justino del otro lado. A Sebastián le encantaba oír a Justino contar su viaje a la frontera. Le impresionaba la descripción de las llanuras y desiertos que cruzó el primo para llegar a Piedras Negras y cómo fue que atravesó el río. Muchas veces oyó en silencio la narración de los sustos provocados por la "border patrol" y se indignó internamente por los malos tratos de los güeros.
Decidió que no se iría al otro lado, sin saber que su vida se la cambiaría Rosalinda y sin imaginar siquiera lo que haría antes de conocerla.
Al morir su madre tenía quince años. Su tío Adán le dijo:
- Prepárese, m’hijo, para irse al norte. Aquí no hay cómo mantenerlo. Ahora que me vaya se va con nosotros.
"Con los gringos no voy" pensó Sebastián, pero dijo:
- Déjeme conseguir mi dinero pa’l que nos lleve. Me voy a trabajar a santa Inés. Ya me dijo Don Ciro que le puedo ayudar en su alambique.
- No, m’hijo. No ande usté ayudando a hacer refino. Está prohibido hacerlo. Si lo agarran los del gobierno no se la va a acabar. Ya me estás ayudando a piscar mi maiz, con eso basta para que yo le ayude.
Esa noche Sebastián agarró el camino de santa Inés. No se despidió ni del cura. Tampoco fue a visitar la imagen de su patrón.
***
- Ya llegué, don Ciro. Pa’lo que mande.
El viejo olía a piloncillo fermentado y toda su ropa estaba manchada de las mieles de su alambique clandestino. Con aquél vozarrón acostumbrado al mando y al regaño dijo:
- Nadie se anima a’compañar al chofer a repartir la cañita ¿Tú te animarías, aunque te estés arriesgando?
- Si me da chance de ir en la camioneta, qué bueno. Ansi ni me jallan. No más no vaya a decirles a mis parientes.
- ¡No jodas ,chamaco! Ni tus parientes ni los del gobierno te van a jallar conmigo ¡Nadien, cabrón! - Parecía enojado, pero le había gustado la decisión del muchacho.
Así fue como Sebastián comenzó a conocer los caminos de la Sierra Madre. Siempre mojados, siempre resbalosos, siempre rebosando lodo. Muchas veces invisibles más allá de veinte metros, cuando hay neblina. Laberintos misteriosos entre cerros y cañadas para quien viene de fuera. Refugio seguro para quien vive recorriéndolos. Hermosas regiones donde puede crecer la mariguana y hasta pudiera esconderse bien la roja flor de amapola, pero que no se cultivan por acuerdo de los indígenas que ya tuvieron retenes y no quieren otra vez al ejército rondando por sus poblados, lo que no quita que sigan ocultando alambiques clandestinos.
Pero en la medida que Sebastián conocía a su México, de él porque lo protegía y cobijaba, cada vez más gente conocía a Sebastián: todos los tenderos que compraban destilados clandestinos, muchos agentes municipales a los que don Ciro corrompía a través de su chofer, más de algún pariente de los policías de la cabecera municipal y mucha mujeres jóvenes y no tanto que veían en aquel joven alto y fuerte de diez y ocho años al tipo desinhibido, con dinero en la bolsa, la sonrisa en los ojos y en la boca, una seguridad que nadie sabía de dónde la sacaba y un temblor incomprensible ante las imágenes de ciertos santos.
Para entonces su tío Adán y demás parientes ya sabían en qué andaba, lo mismo que las autoridades del municipio y hasta los judiciales del distrito, con el agente del ministerio público incluido.
Antes de cumplir diez y nueve don Ciro lo hizo su chofer de confianza, además de distribuidor, cobrador y corruptor material. El contacto de Sebastián con las autoridades judiciales si hizo estrecho sin imaginar que pronto le cambiarían la vida.
***
- Ya no me hable del tal Sebastián, chula - le decía Nemodio a Rosalinda ese día, como muchas otras veces.
- Señor judicial, no me ponga esas manos tan grandes en el cuello. Yo que culpa tengo que las de Sebas me gusten más. Por eso dejo que lleguen a otros lados.
- Mire, chiquilla, mejor no le haga caso porque me voy a encabronar.
Después de aquello Nemodio se preparó a salir de la casa mitad tienda mitad cantina. Avanzó ocupando casi toda la puerta. La madre echaba tortillas y fingía no haber escuchado la plática de su hija. Sabía por qué venía Nemodio tan seguido a un caserío tan alejado de los correderos de la judicial, pero entendía muy bien que el mismo Juan, su esposo, tuviera miedo de reclamar algo.
La neblina era densa: no se veía más allá de treinta pasos. Nemodio resbaló en el lodo al mismo tiempo que escuchó el motor de una camioneta que se detenía en el camino, cuarenta metros hacia abajo.
- Rosalinda, ¡ya llegó lo fino! Avísele a su apá - gritó Sebastián.
Al momento, sonriente, la interpelada asomó a la puerta. Nemodio la vio, afianzó los pies, tocó la pistola embutida en la parte trasera del pantalón y bajó saltando por la estrecha vereda.
Con una garrafa de diez litros en la mano Sebastián apenas pudo conservar el equilibro tras el empellón de Nemodio, que furioso le reclamó haberse atravesado. La neblina que ascendía del valle se hizo más densa. Por su efecto quedaron solos en un círculo de escasos diez metros los dos hombres. Acostumbrado a espantar a todos Nemodio llevó la mano a la espalda. Sebastián no esperó a ver qué pasaba; levantó el refino y estrelló la garrafa en la cara del judicial
- Ya te moriste, cabrón - gritó el policía desde el suelo mientras buscaba su pistola entre el lodo y los peñascos, a la orilla de la vereda que descendía abruptamente.
Cuando se levantó con la pistola amartillada no vio a nadie a su alrededor, sólo estaba la garrafa, de lado y goteando por una hendidura. Bajó al camino, la camioneta estaba orillada y con el motor apagado. De pronto, no muy lejos, se oyó el suave mugido de una vaca oculta entre la nube que todo lo borraba. Con la boca hinchada y el puente de la nariz roto, Nemodio se fue a pie, planeando su desquite.
Nuevamente Sebastian no se despidió de nadie, ni de don Ciro. Si el judicial no lo iba a encontrar no importaba que su patrón lo buscara para pedirle lo de los cobros de ese día.
Antes de tomar el camino rumbo a Chiapas o a Oaxaca - al otro lado estaba seguro que jamás iría - tuvo humor para su última broma. Recordó al cura y la estatua de su patrón; vio a san Sebastián casi desnudo, retorciendo las piernas, con cara de infinita angustia y sangrando por todas las heridas, tanto de entrada como de salida de cada una de las flechas que lo atormentaban. Afuera empezó a lloviznar. Sebastián supo que le quedaba poco tiempo: la niebla podría levantarse y pronto lo vendían a buscar a la casa en que habitaba solo desde hacía seis meses. Una gallina asomó a la puerta buscando su ración de maíz quebrado. Entonces completó la idea: metió a la gallina bajo una reja de madera, tomó los pantalones cortos y los tenis que le había comprado a un amigo que regresó al otro lado, se le ocurrió que sus únicos calcetines blancos no se verían mal y preparó su muerte, sabiendo que nadie la tomaría en serio, pero avisando que no lo encontrarían jamás. Acomodó la ropa como si hubiera caído al suelo atravesado por las balas de Nemodio al modo que las flechas perforaban a su santo patrón, salió al patio, degolló la gallina, regreso cuidando que la sangre no cayera donde no quería y con ella delineó las partes de su cuerpo que quedarían fuera de la ropa, indicando que desaparecería por siempre de esos rumbos.
Nemodio solo pudo tomar una fotografía del supuesto muerto, como débil venganza de la humillación recibida.
El documento gráfico se puede encontrar en el blog que doce aventureros han estado usando, convocados por una universidad pública que enfrenta amenazas parecidas a las que Nemodio pensó contra Sebastián.