Ejercicio: Una fotografía tomada por Casasola en 1928, donde se ve a dos mujeres -madre e hija probablemente, por las edades aparentes- solas, viajando en un tranvía conducido por un operador regordete muy bien uniformado, de pie ante los controles, un paso delante de las dos mujeres. Tomando como arranque la fotografía hay que empezar un cuento -cuento, no simple minificción- que no termine, para que los lectores opinen sobre él y marquen a los concursantes nuevas rutas para el escrito. Posteriormente, antes del miércoles 27 de junio a las seis de la tarde, los concursantes deberán subir al blog el cuento terminado, tomando de sus lectores las consideraciones que crean pertinentes.
- Todavía recuerdo lo que platicaban esta dos. No creían que fuera a estallar la huelga.
- Pero abuelo, te ves muy elegante
- No, muchacho, era el uniforme. Yo era como tu amigo, el de la ruta que tomas diario para ir a tu escuela. Ese que me dices que lleva su camión todos los días para que se lo pinten. Al igual que ahora, aquello fue una fiesta. Vivíamos en el contraste, pero sentíamos la vida y la disfrutábamos cuanto podíamos. Recuerdo ese día, después de la foto, al iniciar la huelega, nos burlamos de la gendarmería hasta que nos cansamos y nos fuimos dormir un rato para después continuar las guardias en medio de una fiesta popular, sazonada con café bien calientito y hasta con uno que otro buñuelo de los que hacían las abuelitas.
Esa plática se me quedó muy grabada. Todavía imagino al abuelo, rechoncho, azuzando a los gendarmes y obligándolos a las rabietas en medio del jolgorio popular, mientras sus dos únicas pasajeras de aquel día huían espantadas a sus elegantes casas de la colonia Roma. Pero también recuerdo lo que gozamos y lo pleno de vida que nos sentimos, pintando en los camiones las frases chuscas que se le ocurrían al Pancho constantemente.
Cierto, luego vinieron las derrotas, tanto en tiempo del abuelo como en el sesenta y ocho. Pero habemos muchos que seguimos alertas y pasando la tradición de las luchas populares. Y mira si no, en medio de la prohibición de tus padres y de su miedo, sales entusiasmado a tus diez y siete años a defender a los pobladores de Atenco. Ya no hay tranvías, tampoco pintas en los camiones, pero todavía hay quien vive al calor de las luchas callejeras.
Hace un año, después de aquella plática con el abuelo, salí con mis amigos de la prepa rumbo a Texcoco. Nos indignaba que hubieran golpeado a los pobladores de Atenco en aquella forma, pero a mí me preocupaba más ir sentado en el camión junto a Lucero. Dice al abuelo que como ese primer enamoramiento ya no hay otro ¿Qué me hubiera pasado si no me voy con ella? Nos quedamos acurrucados en una esquina y eso nos salvó de la golpiza, pero no de que este año nos cambiara la vida, igual que le cambió al tatarabuelo después de aquella foto que le tomó Casasola; igual que le cambió al abuelo tras de andar pintando camiones en el sesenta y ocho; igual que le pasará a mi nieto después de no sé qué.
¿Será cierto, como dice mi papá, que esas luchas populares sólo sirven para hacer y deshacer parejas? ¿De qué se queja, si conoció a mamá en una de esas? Caramba, hay mucho que contar ¿Podré dejar algo interesante a los hijos de mis hijos?