Nací en un hospital en cuyas salas de espera había hombres presos (grilletes en sus tobillos), mujeres heridas a cuchilladas, padres que donaban sangre. Seguro las enfermeras escuchaban a José Alfredo en la radio.
A los dos años, cuando me salieron los dientes y empecé a hablar, también me rompí una clavícula, aguanté las lágrimas del primer dia de clases y odié la escuela porque me pedían estar quieta y con los brazos cruzados.
Cuando tenia seis años, descubrí los secretos de las palabras. Recuerdo a detalle cuando unas letras se movieron, hicieron una danza, se ordenaron y fueron llenas de sentido. Gato, me dijeron.
El dia de mi menarquia, en casa hubo pasteles. Mis hermanos preguntaron porqué. Mis padres nunca me dieron la charla informativa sobre el particular; prefirieron que los escritores del boom me pusieran al tanto. Les salió bien.
A los dieciséis me enamoré, nunca otra vez como entonces. Poco después salí a salvar el mundo. Aprendí que Supermán está muy bien para los cómics. También aprendí a qué huele la ropa tras muchas horas en una cocina de pueblo, a qué sabe el queso de cabra fresco y la leche tibia con canela.
En los últimos años me fugué de una universidad, volví a casa de mis padres, tomé unas tres o cuatro decisiones, viaje siete horas diarias durante un año y medio, viví en una casa de nueve mujeres, escribí, bailé, amé a desconocidos, conocí la belleza gélida de París. Mi vida podría ser cualquier otra, pero es ésta, como éstos son mis mil quinientos golpes.