-Plutarco ¿Cómo vas a poner "mate al general Mújica"? Nos comprometería.
-A ver, Gomitos, escriba que desaparezca a Mújica.
-Tampoco, Plutarco. Que ponga simplemente "mate al preso".
-Está bien, Álvaro, que sea como se dijo.
-Por fin, ¿qué pongo en el telegrama, señor presidente?
-Ponga usted que desaparezca a Mújica.
-No, que mate al preso, para que quede bien claro.
-¿A quién le hago caso, señor presidente?
-Al señor secretario de guerra.
-Ande Gomitos, escriba como dijo don Alvaro. Corra al telégrafo porque si no Lázaro nos trae a ese rebelde hasta acá.
Eso contaba mi abuelo, asegurando que con sólo doce años aquel día le boleaba las botas al presidente Álvaro Obregón. Añadía que el telegrama finalmente ordenó "desaparezca al preso". En el ferrocarril que comandaba, Lázaro Cárdenas recibió el mensaje y dejó escapar a su maestro y amigo, que efectivamente desapareció por algún tiempo. Lo que dice mi abuelo debe ser cierto, porque la huida de Mújica es rigurosamente histórica.