Si se trata de que describa una pesera quien nunca la ha visto antes, ni ha tenido jamás idea anterior de su existencia, tal usuario que llegó del desierto circundante por primera vez a una avenida de la gran ciudad, cabalgando su burro que después regresó a su pueblo volando, sin que por eso podamos decirle pegaso, escribiría, después de la experiencia de subirse al vehículo aludido al inicio, algo como lo que sigue:
Me embiste una caja gigante. Sus colores arañan mis ojos. Me brincan palabras bien raras desde un papel muy brillante. Se abre una puerta que corre; la caja vomita su carga: personas, bultos, sonidos, olores. Subo, me siento en un hueco pequeño, apenas alcanza para media nalga. La caja adelanta, mi silla se atrasa, se para la caja, mi banca se va pa’delante. El otro pasaje se queda bien quieto.