El aire denso y pegajoso intenta ser movido desde el techo en penumbra por algo que de lejos recuerda una hélice de avión prehistórico. Tu compañera, sentada al otro lado de la mesa con cubierta de lámina y anuncio de cerveza, sabe que el sudor le corre el maquillaje. En la pista las parejas bailan en la sombra rojiza del salón al ritmo de una música cachonda y ruidosa a la que no hacen mucho caso; el lenguaje de sus cuerpos es el que los tiene concentrados. A tu espalda escuchas murmullos: las conversaciones en sordina entre quien está más allá de la barra y dos o tres que están de este lado, contemplando envidiosos el colorido de las botellas levemente iluminadas desde atrás.