El aire denso y pegajoso intenta ser movido desde el techo en penumbra por algo que recuerda una hélice de avión prehistórico. Tu compañera, sentada al otro lado de la mesa con cubierta de lámina y anuncio de cerveza, sabe que el sudor le corre el maquillaje. Por tu cuello corren gotas que se detienen en el borde superior de tu ropa, pero no todas: sientes que alguna baja por tu espalda. Tienes una ficha en la mano ¿Te decidirás a comenzar el baile o seguirás imaginando el desierto al que mañana deberás enfrentarte? Esas veredas desoladas, ese sol que impío te abrasa o te abraza, da lo mismo, en tanto el aire no se mueve al paso de tu cuerpo sino que se adhiere a tu piel para tomar algo de humedad, que no por eso lo refresca un ápice. Vives bajo ese sol y ese cielo sin nubes desde hace años. Allá lejos, en el horizonte, montes calcinados y muy bajos te entristecen al recordarte crestas de otro color y altura, del sur donde naciste. Llanuras de tierra blanca y ardiente bajo una luz cegadora, con minúscula vegetación de un verde muerto, angustian tu espíritu, lo mismo que las noches caldeadas de baile con una ficha en la mano, bajo un leve resplandor de apariencia rojiza. Mañana, cuando te acerque a tu casa en torno a la cual hasta los cactos parecen sedientos, vas a extrañar este momento sofocante en la penumbra de esta noche cálida donde el aire cargado de sudor jamás refresca.
... y por separado ... por fuera se puede hacer trampa.
El aire denso y pegajoso intenta ser movido desde el techo en penumbra por algo que de lejos recuerda una hélice de avión prehistórico. Tu compañera, sentada al otro lado de la mesa con cubierta de lámina y anuncio de cerveza, sabe que el sudor le corre el maquillaje. Por tu cuello corren gotas que se detienen en el borde superior de tu ropa, pero no todas: sientes que alguna desciende por tu espalda. Tienes la ficha en la mano ¿Te decidirás a comenzar el baile con tu amiga o seguirás imaginando el desierto al que mañana deberás enfrentarte? La llamarada en que esta noche se transforme la vas a extrañar mañana cuando te acerque a tu casa en torno a la cual hasta los cactos parecen sedientos.
¿Por qué dejaste el sur donde naciste para habitar en este norte de llanuras plomizas? Caminas por veredas desoladas que agostan tus sentimientos. Vives bajo un sol que impío te abrasa mientras el aire no se mueve al paso de tu cuerpo sino que se adhiere a la piel para tomar algo de humedad, que no por eso lo refresca un ápice. Allá lejos, en el horizonte, montes calcinados y muy bajos te entristecen al recordarte crestas de otro color y altura de la tierra natal. El páramo blanco y ardiente, tostado bajo una luz siempre cegadora, con minúscula vegetación de un verde muerto, da tormento a tu espíritu que desfallece cuando regresas del trabajo a la casa vacía como el horizonte que contemplas.
El culpable de lo garabateado arriba es solamente él